#LecturaRecomendada Nunca pasa nada en la justicia de la injusticia

Nunca pasa nada en la justicia de la injusticia:

4 Mayo 2013, 9:16 PM
Nunca pasa nada en la justicia de la injusticia

Antes que señalar el crimen, prefe- rimos gritar que todo anda bien

Escrito por: Manuel Domínguez Moreno

La República Dominicana en las últimas dos décadas en especial ha sido un país de clichés y estereotipos, donde el tópico alcanza la categoría de seña de identidad nacional y los lugares comunes engrosan el acervo de un pueblo encantado de haberse conocido, víctima de un cruel ombliguismo que no logra superar el complejo de inferioridad que nos atenaza en la mediocridad y la impotencia, siempre hemos concedido más valor a la opinión que nos viene de fuera que a nuestras propias convicciones.

 Andamos tan entretenidos en prestar oídos a lo que dicen de nosotros por uno u otro motivo, que no advertimos nuestro propio drama. Tenemos anchas espaldas y, preferimos antes que señalar el crimen y a los criminales gritar a los cuatro vientos que todo está bien. Por eso da la impresión de que nunca pasa nada y si hoy toca revolución nos levantamos con la “ bomba en la mano” y si toca hipocresía marchamos todos juntos.

El Gobierno del anterior presidente y él el primero, crearon una justicia a su imagen y semejanza por la Senda Constitucional: Suprema Corte, Junta Central Electoral, Tribunal Superior Electoral,  a sabiendas de que después vendría un nuevo periodo presidencial y con él , “la cruel represión” de pedir cuenta  al absolutismo democrático creado en los dos últimos mandatos, y con él la reclamación de rendición de las cuentas espurias de un Gobierno  de ocho años consecutivos de omnipotencia y “fusilamientos” morales.

 Así como se la pusieron al anterior presidente del PLD, se las ponían a los Borbones, entre el deseo y la felonía. Ante esa agobiante certeza de que nunca pasa nada, soy de la opinión de que, una vez que admitimos que nosotros mismos somos nuestros peores enemigos, se puede esperar cualquier cosa de la frustración que da paso a la indignación y la rabia, no obstante, cometería un gravísimo error de cálculo quien menospreciara o no supiera ver los signos que anuncian el cambio.

Los “condenados a una muerte social y de honra “ avanzan por el patíbulo hacia su destino sin saber exactamente cuál es su papel en el escaso tiempo que les resta de vida digna, ven la escena como espectadores de una tragedia, sin sentirse protagonistas. El miedo y la incertidumbre han hecho mella en las horas previas, pero cuando se acerca el fin y está a punto de caer el telón, es posible que pienses que están contemplando la “muerte de otro y no la suya”. Y serían capaces hasta de aplaudir al verdugo si no estuviesen “socialmente y dignamente muertos”.

Que nadie se llame a engaño. Creer que es posible la impunidad total, el abuso sin límites, la conciencia pisoteada y la dignidad ultrajada sin que ello conlleve gravísimas consecuencias, sin que a la postre pase nada, en la falsa creencia que de nuestros actos no se derivan consecuencias éticas y morales, que las causas de un mal gobierno no hunden sus raíces en la desesperación, supone el peor autoengaño, no solo por la falsedad y la mentira sino porque tendemos a la deformidad ante el espejo de la realidad, justificando lo injustificable y admitiendo como cierto lo que no es sino un espejismo fruto de nuestro delirio. Es en este ámbito, donde se cruzan la realidad y el deseo, en el que debemos demostrar nuestra valía y nuestros principios, conscientes de que de nuestras acciones u omisiones no solo depende el futuro que queremos construir sino también el presente que a duras penas soportamos.

El “escrache” es un arma para el pueblo ante la justicia de la injusticia, ante los poderosos que se benefician del poder corrupto. Nos creen tan embrutecidos y sumisos, tan subyugados, que estiman que somos incapaces de pensar, de esgrimir una idea como arma cargada de futuro, de impulsar un cambio radical, revolucionario, de acabar con tanta desigualdad y tanta injusticia. Creen que nos han arrebatado la conciencia del pensamiento ideológico de las políticas públicas. Se equivocan; la cultura, la educación y el compromiso social es el último reducto de la libertad mancillada y mientras seamos dueños de nuestra opinión y mantengamos el espíritu crítico nos libraremos de las garras del fanatismo y la degradación, del rencor y la insolidaridad. Ellos, los mercaderes, quieren que muera la inteligencia, como el fascismo daba vivas a la muerte, igual que el nazismo pretendía transformar en verdad una mentira mil veces repetida.

 En nuestra protesta está la esperanza de que al evidenciarse tan paradógico contraste sea posible la transformación y el cambio.

No hay camino al paraíso sino la senda que nosotros delimitamos al caminar.

(Via Hoy.com.do- Opiniones)

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